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Lo popular, lo negro, las poéticas

Comentarios a Richard Leonardo (editor), 2013, Poéticas de lo negro, Lima: Hipocampo editores

Publicado: 2017-06-13


Lo que nuestra cultura tiene de occidental, o más propiamente de occidentalizado, y de andino ha recibido mucha atención de parte de la academia. Lo amazónico ha sido descuidado, al punto que en la década del 60, el Presidente de entonces, Fernando Belaunde, nos hablaba de un territorio sin habitantes. Su proyecto de reforma agraria era regalar tierras de comunidades nativas, hasta que Hugo Blanco y los campesinos del Cusco le corrigieron la plana. Lo negro ha sido igualmente olvidado. A final de su gobierno, Alberto Fujimori recibió 5 millones de dólares de préstamo del Banco Mundial para el proyecto “Indigenous and Afro-Peruvian De People Developpment Project”. No sabemos que se hizo de ese dinero pero estamos pagando el préstamo.

Poéticas de lo negro reúne doce trabajos de estudiosas peruanas y extranjeras sobre poesía y narrativa afroperuana. Es un esfuerzo más de Leonardo por visibilizar este sector de nuestra cultura. Por cierto cuando escribo en femenino estoy usando la norma de género de la Real Academia que asigna el de la mayoría. En este caso son nueve contra tres. El dato no debería ser significativo, pero, siendo al revés la rutina, resulta muy positivo que alguna vez ellas sean más. En el caso de los ensayos que comentaré lo son todas.

Los negros no solo constituyen una etnia. Son la etnia mayoritaria en la plebe del siglo XIX y el proletariado naciente del XX. Si después la clase trabajadora se diversificó y ahora hasta podemos afirmar que la mayoría de hinchas de Alianza Lima son andinos, se siguen llamando “grones”. Por eso ligar los estudios étnicos a los de clase resulta imprescindible. En el libro de Richard Leonardo, Poéticas de lo negro, hay hasta cinco ensayos que nos interesan desde esa perspectiva.

Maud Deleaveux, antropóloga de la Universidad París-oeste Nanterre La Défense, nos presenta como se construye lo afroperuano. Desde los movimientos negros que nacen en la década del 70 junto con un movimiento popular muy poderoso. Pero también desde el propio Estado como el INDEPA (Instituto Nacional para el Desarrollo de Pueblos Indígenas, Amazónicos y Afroperuanos) creado por Toledo o el Museo Nacional Afroperuano por Alan García. En ambos casos la etnicidad se vuelve un verdadero instrumento político donde se producen las tensiones de la nación heterogénea.

Sin embargo el negro participa en realidad de la construcción de lo que Deleaveux llama “criollismo popular” que “forma la identidad de la costa peruana”. Aunque la estudiosa parece no haber leído los aportes que sobre el tema ha producido Alberto Flores Galindo (La ciudad sumergida. Aristocracia y plebe en Lima 1760-1830) en este terreno parece tener una coincidencia. El historiador nos comenta como los negros entran a formar la plebe formada de criollos, ibéricos, desclasados, extranjeros, libertos, mulatos, zambos, mestizos

En lo que no estoy de acuerdo con Deleaveux es en la relación que establece entre lo criollo popular y la elite limeña: “Si las practicas populares criollas se describen a veces como de “mal gusto”, “saberes poco refinados” (Chocano 43), son necesarias para apoyar el proyecto nacional criollo, para anclarlo en una historia y en un conjunto de tradiciones, constitutivas de la peruanidad”. En realidad no se puede hablar de la elite limeña como un todo unitario frente a lo criollo popular. Podemos decir que se mueve entre un extremo que podemos identificar con el rechazo explícito de Pardo y Aliaga a los cantos y danzas de la fiesta de Amancaes y en otro la renuncia a seguir publicando libros de Juan Gonzalo Rose para entrar al cancionero popular. Las “tradiciones constitutivas de la peruanidad” en el primer caso son las hispánicas y son varios, Riva Agüero el más conocido, que lo dicen explícitamente.

Los otros ensayos a los que me quiero referir son estudios sobre dos poetas negros y uno “intruso” (el término es de Isabel Polo): Nicomedes y Victoria Santa Cruz por un lado, Miki González por el otro. En realidad es lamentable que la academia cuando quiere referirse a nuestra poesía popular negra tenga casi como único referente a Nicomedes Santa Cruz. No hay estudios sobre Pablo Casas Padilla o Juan Urcariegui. En lo que se refiere a Victoria Santa Cruz solo se ha trabajado el poema “Me gritaron negra” (Gabriela Javier lo llama “¡Negra soy! en el libro comentado). Estoy tratando de subsanar estas ausencias y ese es el sentido que tiene mi blog en La Mula, pero no puede ser una tarea individual.

Por otro lado siempre se mantiene el debate sobre el carácter de la poesía de Nicomedes Santa Cruz: ¿oralidad, escritura o todo lo contrario? En ese sentido resulta interesante la propuesta de Yesabeth Muriel Guerrero que nos habla de los “límites transfronterizos entre lo culto y lo inculto, lo oral y lo escrito, o más aún, el sincretismo y la diferencia”. Pone como ejemplos a Felipe Guamán Poma de Ayala, José María Arguedas y el propio Nicomedes Santa Cruz. Efectivamente son tres escritores en los que se expresa el conflicto escritura/oralidad. En los primeros vemos como el mundo andino no logra ser expresado del todo en la escritura y necesita la inclusión de dibujos (Guamán Poma) o canciones (Arguedas). Guerrero ha mostrado antes interés por este último participando en congresos dedicados a los estudios arguedianos. En el caso de los poemas de Santa Cruz, si bien han sido publicados en libros, están destinados a la transmisión oral. No es casual que todos esos libros hayan sido acompañados de discos.

Un acercamiento a los otros autores aludidos ayudaría a ver que Nicomedes Santa Cruz se inserta en una tradición mayor. Pablo Casas Padilla, aunque no ha publicado ningún libro, también escribía sus letras para luego transmitirlas oralmente (cantarlas). Juan Urcariegui publicó libros sin necesidad de acompañarlos de disco. Es más, pasa a un momento distinto de la décima al publicar, por ejemplo, una historia completa de Alianza Lima en dicha forma estrófica. Pero basta darle una lectura simple de sus textos para percibir la deuda que tienen no solo con la oralidad sino con Nicomedes Santa Cruz específicamente. En efecto, Santa Cruz ha señalado como parte de la décima tradicional para abandonar la improvisación y ampliar la temática, línea que continúan los distintos decimistas posteriores.

Natalia Storino nos muestra como esta ampliación del corpus en el caso de Nicomedes Santa Cruz supone no solo los temas étnicos (tanto indígenas como negros) sino, con mucha fuerza, los de clase. Comenta que la visión que tenía Santa Cruz de lo negro no era “esencialista, estereotipada ni clausurada en sí misma”. El ser negro es solo un componente de la constitución del sujeto popular que, como el propio poeta decía, en verdad es “Indoblanqunegros/ Blanquinegrindios/ Y negrindoblancos”. De modo tal que termina refiriéndose a “todos los sujetos de la clase trabajadora”, insiste Storino. Y no solo a nivel nacional sino latinoamericano. Sus textos “A Nicaragua, patria de Sandino” y “Con el pueblo salvadoreño” son expresión de esto. Pero lo es mucho más en “América Latina”: “Yo no coloreé mi continente/ ni pinte verde Brasil/ amarillo Perú/ roja Bolivia/ Yo no tracé las líneas territoriales/ separando al hermano del hermano”.

El poema de Victoria Santa Cruz, como nos hace ver Gabriela Javier, tiene que ver con las particulares dificultades que tienen los sectores subalternos para la construcción del “yo”. Las reivindicaciones étnicas y de clase pasan por la superación de lo que Victoria Santa Cruz llama “experiencia del obstáculo”. Para esto Gabriela Javier hace una revisión no sólo del poema “Me gritaron negra” sino de las reflexiones que realiza en textos como Ritmo: el eterno organizador. De ellas saca el tema del obstáculo: “Los obstáculos me enseñaron a replegarme en mí con esta pregunta ¿Quién soy? Así fue como esa poderosa arma-obstáculo me indujo a pensar en mi cultura, y lo asombroso fue que, al devenir el arma en herramienta, yo misma iba, a la vez, siendo transformada”.

Como hemos dicho el último ensayo que queremos comentar es el dedicado a Miki González, de Isabel Polo. En este caso vemos una tensión entre un cantautor mediático y un músico tradicional (Amador Ballumbrosio) que le enseña su arte: “él se llamaba Don Amador/ en un pueblito llamado El Carmen/ al sur de Lima en el Perú/ yo le pedí que me enseñara/ y un buen día él asintió”. Esa tensión crea otras, en primer lugar la de un español que quiere entrar al mundo negro. En segundo lugar la que existe entre la creación individual y las exigencias del mercado disquero. En ese curso González va evolucionando, de disco a disco, desde una posición de intruso en que toma algunos elementos (el cajón, ciertos ritmos) de lo negro para renovar el rock local hasta una plena identificación con la cultura afrodescendiente, al mismo tiempo que el autor se va incorporando al mercado del etno music.

Es muy raro que desde la literatura se hagan libros como el que estamos comentando. El debate sobre lo popular resulta difícil en un mundo en el que el “pensamiento único” se impone con fuerza y a la fuerza. Por eso, más allá de coincidencias y diferencias, resulta muy recomendable.


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Me sale espuma

"Quiero escribir, pero me sale espuma"