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Tres momentos de Pinglo

Publicado originalmente en Cuadernos Arguedianos 18

Publicado: 2019-10-20

Felipe Pinglo Alva vivió apenas 36 años entre 1899 y 1936. Su primer vals “Amelia” lo escribió a los 17 años así que podemos decir que tuvo apenas dos décadas de vida intelectual activa. Sin embargo es un consenso que abre un antes y un después en la canción popular urbana de Lima. Lo que pretendo en el presente ensayo es reflexionar sobre los momentos creativos que tuvo en esos años y cómo se corresponden con los cambios que a nivel de la poesía letrada se estaban produciendo en ese mismo momento. 

Antes de continuar quiero aclarar un par de términos que he usado en el párrafo que acabo de escribir. La canción popular urbana no es exactamente folclor. El folclor, se sabe, es anónimo, creación colectiva, nace en la boca, en la oralidad y por eso mismo está sujeto al cambio permanente. La canción popular es de autor y nace escrita aunque para ser transmitida oralmente. Eso le da estabilidad, no está sujeta a cambios y en todo caso si hay algún error en la interpretación es eso: una equivocación que en muchos casos se criticará y corregirá. No hay que confundirla con la cultura de masas, propia de la industria cultural que tantas críticas ha recibido de Th. W. Adorno.

La poesía letrada es aquella que se transmite a través de la escritura. No es necesariamente mejor ni peor que la popular, como bien ha comprobado la Academia Sueca al darle el Nobel de Literatura a Bob Dylan. Lo que sí es cierto, como observo Juan Gonzalo Rose, es que tiene menos llegada. Por eso Rose dejó de publicar libros y se dedicó al vals. Sobre el paso del folclor a la canción popular tengo escrito un libro que no es el caso repetir aquí.

Felipe Pinglo recibió una educación que le permitió llegar a altos niveles de poesía. Sus padres eran profesores, lo cual hace pensar que alguna biblioteca debían tener en casa. En los años en que él estudiaba en el colegio Guadalupe el profesor de lengua y literatura era César Vallejo. Luego trabajó en una imprente, El Gráfico. Como sabemos, los trabajadores gráficos en esa época eran unos de los más instruidos en la clase trabajadora. De ahí sale, entre otros, José Carlos Mariátegui. Luego, en la Dirección General de Tiro fue secretario del entonces Ministro de Guerra, General Salmón. Pero, como vemos, era una cultura que lo situaba siempre en la clase trabajadora. No es casual que haya optado por la canción popular.

El primero que escribe sobre Pinglo es Heraldo Falconi, quien no sólo hace una semblanza del poeta de los Barrios Altos sino que entra a estudiar el nacimiento del vals peruano como derivación del alemán “en las cantinas, en los bares, entre el olor a pisco y a cañazo” y por tanto despreciado “desterrado de todas las casas que no fueran humildes”. Al propio Pinglo “se le miró como la oveja descarriada de la familia”. Es un dato que teníamos confirmado con respecto al tango pero que ahora se nos hace evidente para nuestras tierras. La canción popular urbana, la ciudad cantada, nace en disputa con la ciudad letrada. Cada una de ellas representa clases sociales distintas.

Luego es a través de las páginas de Cascabel que un grupo de periodistas trae a Pinglo a los grandes titulares. La revista la dirigía Federico More y contaba con periodistas como Alberto Tauro, César Francisco Macera, Alberto Ferreyros, el ya citado Falconi y Francisco Castillo que es quien da el paso inicial de entrevistarlo en el Hospital Dos de Mayo. En una crónica del año 70, ya con el vals instalado en todo el imaginario limeño, Ferreyros cuenta que el nombre de Pinglo no les sonaba. A la hora de su muerte era un desconocido para los periodistas a pesar de que “no fue necesario que nadie descubriera a Pinglo para el pueblo”. Si para los letrados.

Luego vinieron muchos más. Desde la musicología es interesante la lectura que hace Chalena Vásquez de “El Plebeyo”. Nos queda claro que el “¡Señor, por qué los seres no son de igual valor!” es un reclamo y no una súplica o una pregunta. Poco, pero ilustres, autores han estudiado la obra del vate inmortal son Sebastián Salazar Bondy, Aurelio Collantes, César Miró, Nicomedes Santa Cruz, Juan Urcariegui, Alfonsina Barrionuevo y otros. Para un buen estudio de los aportes críticos a la obra de Pinglo se puede revisar la recopilación que hicieron César Cuba y Elías Arana donde están también los poemas dedicados al cantor de los Barrios Altos, sean de poesía para ser leída o para ser escuchada.

Luego del libro de Cuba y Arana fue la presentación de la tesis de Rodrigo Sarmiento Felipe Pinglo y la canción criolla en la que establece dos periodos de la producción pinglista pero deja fuera de ambas, en el vacío, una serie de canciones. Partiré de los aportes de Sarmiento para establecer ya no dos sino tres periodos.

MODERNISMO

Una de las temáticas del modernismo es la exterioridad sensible: imágenes legendarias paganas, exóticas, etc. A partir de ella la presencia de lo oriental: odaliscas y huríes que vienen del mundo islámico; el opio que llega del Asia, serán un componente esencial de nuestra poesía en ese momento. Junto a ellos dioses y ninfas, vizcondes y marquesitas, Pierrots y Colombinas, mandarines. Surgido de una crisis espiritual exalta, por encima de la razón, las pasiones y lo irracional. La literatura vuelve a dar entrada al misterio, a lo fantástico, a los sueños. El poeta huye a veces del mundo por los caminos del ensueño (es una de las formas de mostrar su desacuerdo con la realidad). Pero ahora la evasión se nutre con una elegancia exquisita aprendida de los parnasianos.

Esas serán las características del primer Pinglo. Es notoria su afición a la naturaleza expresada en “El huerto de mi amada” y más aún su exotismo en “Sueños de opio”. El opio es un elemento propio de la literatura de la época. Lo vemos en ensayos como Los paraísos artificiales (1860) de Charles Baudelaire, en confesiones-ensayo como Confesiones de un opiómano inglés (1821) de Thomas de Quincey, en poemas como el inaugural “Kubla Khan” (1816) de Samuel Taylor Coleridge, entre muchos otros formatos y escritores: Edgar Allan Poe, Rubén Darío, José Martí y Julián del Casal. Pero sobre todo lo vemos en quien, como ya dijimos, fue profesor de Pinglo: César Vallejo. El cuento “Cera” de Escalas melografiadas está ubicado en la calle Capón de Lima y transcurre entre juegos de dados y fumadas de opio. Es un reflejo de lo azarosa que es la vida en la concepción de Vallejo.

En Pinglo el opio es más bien una puerta hacia el erotismo. La droga le permite entrar en sueños con odalistas y huríes; riquezas y harem; dichas y halagos. Por efectos del opio se siente un Raja, un sultán. Se trata no solo de un poema modernista con las características que ya hemos visto de escapismo y orientalismo sino de un rechazo a anclada a la más tradicional moral burguesa: la prohibicionista, que impone costumbres, consumos y rechazos a partir de su moral y beneficios. Es, cuando no tratándose de Pinglo, un poema rebelde.

POSMODERNISMO

El posmodernismo es un periodo de transición entre el modernismo y la vanguardia desarrollado a inicios del siglo XX. Si bien es cierto surge como una reacción contra los excesos modernistas, no se aprecia un rechazo total, pues recupera la musicalidad y el cromatismo de este. Quizá la mayor diferencia es que, frente al exotismo que comentábamos hace unas líneas, la poesía posmodernista tiene predilección por los ambientes locales. Además presenta un lenguaje sencillo y llano. Eso le permite a Pinglo hacer valses que tienen el sabor a una confesión como “El espejo de mi vida” (“Ya estoy viejo tengo arrugas en la frente”). He dicho que tiene sabor confesional aunque no debe tomarse como una confidencia real. La literatura es ficción. Cuando Vallejo escribe “César Vallejo ha muerto” está vivo. “El espejo de mi vida” es una canción escrita alrededor de los 30 años de edad.

El tono confesional se mantiene en “De vuelva al barrio” donde se hace notoria la reivindicación de la cultura popular: el café, los picantes, el italiano, los picarones. Hay que hacer una distinción entre este evocar el pasado de Pinglo con el que haría, décadas después, Chabuca Granda. En primer lugar, se trata de un pasado reciente, que el yo poético ha vivido. El de Chabuca es un regreso a la Colonia en busca de una Lima idílica que en verdad nunca existió. El de Pinglo tiene una proyección al futuro: “a los nuevos bohemios/ entrego mi pendón/ para que lo conserven/ y siempre hagan flamear/ celosos de su barrio/ y de su tradición”. En Chabuca es un quedarse en el pasado.

Pero lo más interesante que tiene este momento de Pinglo está dedicado a la clase trabajadora: al obrero que sale de la fábrica cuando ya no hay luz solar; a la obrerita que se ilusiona por las ganancias que tendrá con su Singeer; a Jacobo el leñador que tiene a su hacha como único amigo fiel; al niño canillita que anuncia, entre otros periódicos, La Tribuna, el diario aprista que hizo que las canciones de Pinglo se prohibieran en la época de Odria. Son canciones a una nueva clase trabajadora que está apareciendo en la Lima de entonces. La modernidad en el Perú se hace desde abajo. Mientras Pinglo cantaba a esos cambios, en la ciudad letrada Galvez le rendía culto a Una Lima que se va. Es notorio que en nuestro país la modernidad se forjó desde los trabajadores.

VANGUARDIA

El último momento de Pinglo es vanguardista. La vanguardia se caracteriza por una ruptura de las normas literarias, adapta la forma al tema del poema, hace textos experimentales. Entre otros elementos usa la enumeración caótica, figura literaria que consiste en una sucesión de palabras que no elaboran entre si ningún sentido. Un ejemplo de esto lo tenemos en la enumeración de marcas de automóviles que nos entregó en “El volante”:

En Chandler, Ford, Overland,
Chevrolet o Fiat
Willis, Night, Mercedes, Minerva o Durant,
Dodge, Lincoln, Pizarro o Rolls Royce,
Stultz, Buick y Lancia, Packard o Renault
en Hispano Suizo, Paige, Studebaker
Apperson y Crisley, Moon Reo y Premier
Isota Franchini, Cole, Alfa Romeo
Marmon o Delage Scribans o Spa
Oakland, Oldsmobile, Pathfinder o Cleveland
en King o en un Mercer siento yo el placer
que nos proporciona la grata emoción
de pasear en auto con bella mujer”

Es un momento también de culto al deporte. Felipe Pinglo había sido comentarista deportivo y le dedica una serie de canciones a Alianza Lima. En “Callao for ever” también encontramos este amor por el deporte y la figura de la enumeración, aunque esta vez ya no tan abrumadora como en “El volante”: “En natación y cricket/ waterpolo y atletismo/ cuentan con elementos/ de gran figuración/ en béisbol, básquet, remo/ y también en pugilismo/ encuentra, que en los chalacos/ hay madera de campeón”.

Sus canciones pierden el filo social que tenían en el momento posmodernista, ya no le canta a la clase trabajadora, pero sigue siendo la modernidad uno de sus temas preferidos: “El cabaret”, “El ferrocarril”. A nivel formal dejan de tener verso medido: “Ponle la bola al centro/ muchachos, sigue el encuentro”


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"Quiero escribir, pero me sale espuma"