sin ciencia no hay futuro

Fernando Romero y el criollismo

El libro N° 22 del CEDET

Publicado: 2020-02-06

El esfuerzo de Lilia Mayorga por rescatar la cultura de los negros peruanos es realmente notable. El CEDET tiene ya 22 libros publicados, aparte de una serie de eventos, en que se han discutido casi todos los aspectos de esta cultura. En el último reúnen una serie de artículos de Fernando Romero alrededor del tema.  

Fernando Romero es parte de la generación de la década del 40. Es la generación que descubre al negro. El exponente más alto es el cubano Fernando Ortiz al que Romero dedica un ensayo por su trabajo al frente de la revista Estudios Afrocubanos. La influencia teórica la tenía un estadounidense: Melville Herskovits.

Si le hacemos caso a sus publicaciones etimológicas debe saber un centenar de idiomas africanos, desde congo hasta la lengua de “los negros de Alto Rufigi”, “los de Zambezi y del Loalaba-Congo” y otros más. En verdad sus etimologías siempre me parecieron lo menos interesantes, desde ellas se pueden sacar las conclusiones que uno desee. Sobre todo si el estudio se realiza para demostrar algo previamente diseñado: el origen africano de nuestros bailes por ejemplo. Establecer que el baile peruano de zaranguaña está relacionado con la palabra bantú “Gwañgwa”, de la que no da significado, es uno de los posibles extremos.

Alguna incursión tuvo en la difusión del folklore. Fue en la radio junto a Rosa Mercedes Ayarza de Morales. Pero ni él ni ella asumían la creación popular como directamente valida. Era necesario transformar el folklore en algo asumible por la academia. En el estudio que Rodríguez Pastor nos ofrece al final del libro hay una cita que resulta muy expresiva: “no queremos presentar jarana sino folklore científicamente rehecho, capaz de ser captado por quien jamás haya escuchado nada similar”.

El libro es un interesante recorrido no solo por la cultura afroperuana sino por otros espacios culturales tanto de América (Cuba, Chile, Haití, Panamá, República Dominicana, Brasil) y africana (Nigeria, Congo, Senegal). Me quiero detener en dos aspectos: los instrumentos musicales costeños y el folklore afronegro. En el primer caso cita más de 22 instrumentos. Bastantes más que los que nos quedan hoy. En realidad deberían ser 23 porque pone en una misma entrada el cajón –al que siguiendo la costumbre del autor- da origen africano y la cajita.

Curiosamente propone que el cajón está a punto de desaparecer “ya no es un instrumento construido por manos y oídos expertos”, “el dueño de casa proporciona un envase de gasolina o uno de los cajones del aparador” “cuando en la orquesta hay hasta arpa se toca cajón aprovechando la burguesa barriga de esta”. Lo cierto es que muchos de los tambores y pitos reseñados han desaparecido y hasta ahora no logro ver esas raras costumbres que podrían remplazar al cajón como instrumento.

En lo que a la marinera respecta si tenemos que estar su origen africano. Pero permítanme hacer una precisión. Origen canario. Las Islas Canarias son un archipiélago situado en el noroeste de África. La “palmerita” que se acercará a la ventana a escuchar una serenata en ritmo de marinera es de una de esas islas: Las Palmas. Como el resto, es una comunidad autónoma española. Por eso la poesía de la marinera respeta las normas de la poesía popular española: octosílabos rimados. De ahí nos vienen las décimas también.

La generación del 40 fue importante en el acercamiento a nosotros mismos. Pero no eran ni indígenas ni negros. El indigenismo de ese tiempo sufría la gran contradicción de remitirse al tiempo incaico y despreciar al indígena vivo. El africanismo no se acercaba a los problemas del plebeyo negro sino que intentaba remitir todo al origen africano. La tarea era otra: ver como el pueblo había transformado la herencia hispana y los aportes culturales de otras latitudes en una cultura propia donde la décima ya no está ligada a los temas tradicionales, el waltz austro alemán se convierte en valse criollo, el foot ball técnico inglés en fútbol quimbero. Pero esa tarea no la podían asumir los intelectuales blancos de entonces. Debía ser el propio pueblo el que asumiera la voz. Y eso llegaría más tarde.


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Me sale espuma

"Quiero escribir, pero me sale espuma"