sin ciencia no hay futuro

Julia o La nueva Eloísa: la novela de Rousseau

Fragmento de mi próximo libro: "Contra el amor"

Publicado: 2020-08-04

La literatura del siglo de Rousseau está marcada por la novela epistolar. Una novela que está compuesta por cartas entre dos o más personajes. Uno de los objetivos de este tipo de novela es el ser creíbles. Ya nadie pelea con molinos de viento ni descubre islas fabulosas. Los personajes son seres con los que nos podemos cruzar por la calle. Personas que se escriben entre ellos. El autor es simplemente un editor de estas cartas. Rousseau comienza su Julia presentándose como editor y dejando al lector la posibilidad de decidir si es ficción o no: “Aunque aquí solo el título de editor tomo, yo propio he compuesto parte de este libro, y no lo disimulo ¿Lo he hecho todo y no es más que ficción esta correspondencia? ¿Qué os importa, cortesanos? En todo caso es ficción para vosotros”.  

Esta “intervención reconocida” se limitará en verdad a una serie de anotaciones para hacer ver algunas imprecisiones en las cartas, lo que hace más creíble aún el papel de editor. Así en la Carta VIII de la Primera Parte encontramos una nota a píe de página que nos dice “Bien se echa de ver que hay aquí un hueco y en la continuación de la correspondencia se hallarán otros varios huecos”. Existen, por cierto, otras estrategias tendientes al mismo objetivo. Ana de Lenclos hace que sea una Ninon la que dirige cartas al Marqués de Savigne y, como sabemos, Ninon es el diminutivo francés de Ana. Françoise de Graffigny hace un estudio de la mentalidad de las peruanas como preámbulo a sus Cartas de una peruana.

Por otro lado, aun cuando toda carta supone una formalidad, se trata de quitar a la novela pretensiones de elegancia retórica. Supuestamente no estamos ante un texto literario sino ante uno íntimo. Lo importante en una carta son las relaciones interpersonales que encierra e ilustra. En casi todos los casos se hace hincapié no en el estilo sino en los lazos que le unen, o que podrían unirle a quien escribe con el destinatario. Cuando leemos una carta, aún ficcional, estamos ante la copresencia de dos dialogantes. Lo privado, propio de estos dos componentes del diálogo, se vuelve público, propio de todos los lectores.

El género es anterior. Los especialistas han estudiado una carta sumeria, anterior a I500 A. C., dirigida a Nonna, diosa de la luna. Pero es en el siglo XVIII cuando más difusión tuvo. Y es que supone una cierta extensión de la escritura en determinadas clases sociales. Las novelas epistolares serán mayoritariamente aristócratas. Luego, en el siglo XX, los testimonios orales serán representaciones de clases subalternas. Hoy, tiempo de chats, correos electrónicos y Facebook; de comunicación directa y corta, tampoco es propicio para estas novelas.

Julia, la novela de Rousseau, ha sido opacada por sus obras filosóficas. Un tanto injusto el caso ya que en la novela vienen desarrolladas las principales ideas sobre la sociedad, la familia, las mujeres y los hombres, el amor, la felicidad, la religión. Además hace un juicio sobre lo que siente como la vida falsa de París, frente a la sencillez y naturalidad de la provincia. Hay que tener en cuenta que Rousseau había renunciado a los lujos. No llevaba espada, reloj, ropa bordada, medias. La fiesta popular le atrae más que la palaciega.

Julia es una jovencita de familia noble. Como siempre en estos casos tiene un preceptor. Al principio de la novela no se le da nombre. Las cartas de él van con el título “A Julia” las que él recibe con “De Julia”. Con eso deja claro algo que ya está dicho en el título de la novela: ella es el centro sobre el que girara todo. También Clara, la prima con la que comparte preceptor y secretos, los padres y el futuro esposo. El preceptor no cobra por la enseñanza, es el amor a la enseñanza y al saber. Pronto ese amor es entero para Julia. Pero él es plebeyo, es un amor prohibido. Sin embargo Julia le corresponde y mantienen el amor en secreto, compartido con Clara. El primer sentido de la novela es un cuestionamiento a las castas sociales en nombre del amor.

Por cierto, el señor Etange, padre de Julia, se opone a este amor. A él no le interesa lo que sienta su hija ni lo que piense su esposa. Le concede la mano de Julia a un amigo que le salvo la vida, el señor Wolmar. La madre de Julia muere como producto de las tensiones que esto produce. Segundo sentido de la novela: un rechazo a la familia como espacio de opresión de la mujer. Luego veremos cómo, a pesar del mal inicio que tiene ese matrimonio se crea una familia distinta, en la que el protagonismo de Julia es clave.

Desde el inicio de la novela hay una intensa relación epistolar entre Julia y su preceptor. Se habla de la pasión amorosa, la amistad, la fidelidad conyugal, la virtud, los vaivenes del corazón, la fidelidad a uno mismo, la educación de los niños, la música, la hipocresía social, las diferencias estamentales, las diferencias de género, las costumbres, la muerte, la felicidad, la religión. Todo puede ser escrutado entre personas que se quieren y se respetan. Es un oír y decir mutuo. Es el amor como grado máximo de la amistad. Es por esta amistad que el preceptor respetará las decisiones de Julia. Incluso la decisión que más le afecta: la de obedecer al padre y casarse con el señor Wolmar.

El matrimonio con el señor Wolmar resulta significativo. No es sólo un obedecer al padre. Es también establecer la diferencia entre amor y matrimonio. El primero corresponde al orden humano (compromiso legal), el segundo al de la naturaleza (reciproca simpatía). El matrimonio no tendría relación con el amor sino con la continuación de la sociedad:

Lo que por mucho tiempo me ha engañado y lo que acaso engaña a Ud. todavía es la idea de que es necesario el amor para formar un matrimonio feliz. Es un error, amigo mío; la honradez, la virtud y ciertas concordancias, no tanto de edad y clase como de condición y genio, bastan entre dos esposos; lo cual no estorba que resulte de esta unión un cierto afecto muy tierno, que sin ser precisamente de amor no es menos dulce ni menos duradero. El amor va siempre acompañado con una continua inquietud de celos y privación que no dice bien con el matrimonio el cual es un estado de paz y satisfacción. Los esposos no se casan para pensar exclusivamente uno en otro sino para cumplir de consuno las obligaciones de la vida civil, gobernar con prudencia su casa y criar bien a sus hijos.

Sin embargo las cartas entre Julia y su antiguo preceptor continuarán. Será una tensión entre el deseo de amar y el respeto a la nueva posición. Pero en la que primará este segundo componente. En vez de una novela de celos e infidelidades, muy a la moda en todos los tiempos, es una de castidad y honestidad. Rousseau cree posible la felicidad entre dos personas que dialogan y se respetan.

Ese respeto a la opinión del otro se producirá también al interior del matrimonio. Y en un terreno tan importante como la religión. Julia es cristiana, Wolmar ateo. Este contraste es importante en una novela que intenta ser global, abarcadora. En este caso es la introducción del tema de la “religión natural” tan caro a Rousseau. Llegar a la divinidad no depende de ninguna iglesia. “Lo que Dios quiere que haga un hombre no hace que otro hombre se lo diga, se lo dice él mismo, y lo escribe en lo más íntimo de su corazón”. Lo importante es ser un hombre de bien y no repetir, como loro o papagayo, un dogma de fe:

“Es necesario creer en Dios para salvarse”. Este dogma mal comprendido es el comienzo de la intolerancia sangrienta y la causa de todas esas varias instrucciones que han producido un golpe mortal a la razón humana, habiéndola acostumbrado a que se quede satisfecha con palabras. Sin duda no se debe perder un punto para merecer la salvación eterna, pero si basta para alcanzarla repetir ciertas palabras, no existe ningún inconveniente en llenar el cielo de cotorras y papagayos, tanto como de niños.

Julia es creyente y en eso se diferencia de su esposo. Pero tienen una coincidencia básica: su religión no está construida de dogmas sino de sensibilidad, encuentra a Dios no en una iglesia sino en el amor a la naturaleza y al prójimo. En este amor incluye a los trabajadores que de ella dependen. Y ellos venden su fuerza de trabajo, alienan su independencia, sometidos también a una “ley natural”. Es la clara justificación del capitalismo naciente.   

ndola acostumbrado a que se quede satisfecha con palabras. Sin duda no se debe perder un punto para merecer la salvación eterna, pero si basta para alcanzarla repetir ciertas palabras, no existe ningún inconveniente en llenar el cielo de cotorras y papagayos, tanto como de niños.

Julia es creEn fin, incluso la educación de los niños se guiará por las normas del respeto al individuo. Cada edad tiene su perfección, respeto por el niño, por sus tiempos, por sus exigencias, de ahí que nuestro autor trace un principio fundamental de su filosofía de la educación, a saber: no partir de los contenidos sino del sujeto de la educación y del conocimiento de su evolución. Se trata de un recorrido del estado de naturaleza al estado social, bajo la guía de los padres.

Una vez casados Julia y Wolmar este aceptará la compañía del antiguo preceptor. Negada la posibilidad de amor, por las distancias sociales, se afirma la de amigo. Negada la posibilidad de tener hijos con Julia, será el preceptor de los que ella tiene con Wolmar. Recién cuando logra su ubicación tendrá nombre Saint-Preux. Y desde esta posición escribirá cartas, ya no a Julia sino a Milord Eduardo, contándole como es el matrimonio de sus amigos.

Las cartas de Saint-Preux a Milord Eduardo serán todo un programa de vida. Se presentan como un “aprendizaje”. Son la clara demostración de algo que puede quedar como premisa: una revolución no es solo el cambio de un modelo económico o de un poder político. Es un cambio profundo de la vida cotidiana. Proponen una mayor sencillez de la vida (se prefiere la casa al palacio); una nueva relación con la naturaleza (el nuevo jardín diseñado por Julia); el amor al trabajo (no dan en arriendo sus tierras sino que las cultivan ellos mismos); una nueva relación con los trabajadores (entre el paternalismo y los derechos); reivindicación de la alegría de vivir (en contra de una moral de la coacción); el respeto a la individualidad de los hijos (la propuesta de una educación diferenciada).

La vendimia es todo un símbolo en la novela. Patrones y trabajadores unidos en un trabajo natural y placentero; hombres y mujeres unidos sin conflicto. Todos ellos sencillos. Cada uno importante en su rol. Cantan, ríen, comen juntos. La fiesta campestre en unión a la naturaleza sustituye el espíritu viciado de la corte urbana

La carta más larga nos muestra un Rousseau ecologista. El “Eliseo” es un espacio idílico lleno de hierba, flores, árboles, pájaros que la propia Julia ha trabajado hasta convertir en idílico. Era el lugar donde jugaba con su prima y su preceptor, donde conoció el primer amor. Ahora alberga a los esposos y al amigo y hace posible esa calma que es necesaria para que la amistad pueda darse sin tensiones. Pero, el viaje del señor Wolmar, la ruptura transitoria del trio esposos-amigo hace caer nuevamente a Saint-Preux en la tentación. La tensión amor-matrimonio será continúa a lo largo de toda la novela. Cuando Saint-Preux se reprime es la propia Julia que, tras siete años de silencio, escribe una carta de confesión. Le pide a su amado que se case también. Pero él se niega. Solo la muerte puede terminar tanto con el matrimonio como con el amor. Y es Julia la que, tras salvar a su hijo, morirá. Cruel castigo para el inflexible padre que obligo a un matrimonio sin amor, a un amor sin matrimonio.

Hemos hablado de las relaciones en la novela como espacios de respeto. Debo referirme, para terminar, de un espacio más. La propia novela. Rousseau busca un lector crítico con las ideas que se van planteando. Que sea parte del diálogo, que defienda sus posiciones o las modifique con la lectura. La novela le permite eso más que un tratado filosófico. No se trata de revelar verdades pensadas por un pensador ilustrado. Son opiniones de simples mortales, llenos de conflictos interiores, que establecen un diálogo entre ellos para permitir otro diálogo mayor: entre el autor y el lector.

Rousseau podía pensar que el ámbito de la mujer era el de la vida privada y que debía obediencia al hombre. Pero son estas ideas de la modernidad las que permitirán, en la misma época que Rousseau, el nacimiento del feminismo a partir de las obras de Olympe de Gouges, Ana de Lenclos y otras.

Al estudio de Julia hay que hacerle dos añadidos: el tema de la prostitución en el relato sobre los amores de Milord Eduardo Bomston y la correspondencia que, a partir de la novela, se produce con Henriette.

Rousseau no tenía el criterio suficiente para oponerse a la explotación laboral y le da un carácter moral a su visión de la prostitución. Si nos quedamos ahí podemos sentirnos muy distantes de él. Pero lo que me interesa es ver hasta dónde podemos acercarnos. Las aventuras de Milord Eduardo Bomston son mencionadas en la Carta XII de la Quinta Parte y en la III de la Sexta. Pero hubiera hecho muy densa la novela mezclar otro amor más. Rousseau prefirió escribir sobre esto un relato que aparece como apéndice de la novela.

La primera relación amorosa de Milord Eduardo es con una marquesa. Él, fogoso y sensible, se enamoró. Ella tuvo una “pasión ardiente”. Pero ella era casada, aunque con el marido ausente. Se puede hacer un paralelo con Julia. Hay claras diferencias: Milord Eduardo llega cuando la marquesa ya está casada. Cuando él se entera del hecho ella, que es descrita como “sin principios, pero astuta y de encantos”, quiere mantener los amoríos. Es él quien los rechaza. También se enamora de él una prostituta. En este caso es él quien quiere hacer valer sus “derechos de hombre” frente a una profesional del sexo. Y es ella quien lo rechaza. No puede aceptarlo justamente porque hay amor entre ellos. “Nunca ame a ninguno de los que recibí” es su premisa. El ejercicio de su trabajo había hecho del sexo un acto infame. Para Rousseau, más allá de los prejuicios sociales, es la prostituta y no la marquesa la que es considerad un ser noble.

La historia de la relación entre Rousseau y Henriette también se realiza a través de cartas. No he tenido acceso a ellas pero si al relato que hace Lydia Vásquez en la Introducción a La nueva Eloísa (Madrid: Cátedra, 2013). La publicación de la novela fue un éxito, a Rousseau le llegaron miles de cartas. Pero una de ellas resultó especial y se convirtió en una relación epistolar importante. Henriette ha perdido su fortuna y por eso no quiere casarse. Rechaza la idea de casarse por conveniencia y prefiere la soledad. Después de leer a Rousseau decide que se dedicará a la literatura y le escribe pidiéndole consejo. Sabe las ideas del ginebrino sobre el rol de la mujer y no las discute, pero quiere hacerle entender que su situación es especial. Se pinta a sí misma como una mujer de físico agraciado pero de ánimo sufrido. Cuando intenta dedicarse a la costura su imaginación se echa a volar y le presenta las más sombrías quimeras. Para Rousseau esta correspondencia es importante. Le permite darse cuenta de que existen mujeres tan inteligentes y sensibles como cualquier hombre, como él mismo. Para nosotros son más importantes aún. Son la superación de la dicotomía hombre/mujer:

Me da igual ser hombre o ser mujer con tal de ser feliz. Me considero tan sólo un ser aislado: al verme alejada del primer destino que me había otorgado la naturaleza, he creído poder hacer abstracción total de los sexos, puesto que no tenía ninguna función que cumplir. Intento buscar la existencia menos penosa para mí y sin preocuparme de hombres o mujeres, ni de qué quehaceres corresponden a cada uno intento adquirir todas las virtudes que puedan convenir mejor al bienestar que aspiro procurarme

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Me sale espuma

"Quiero escribir, pero me sale espuma"